Entradas etiquetadas con Relatos
La mujer ideal
11 nov
Puede parecer curioso, pero cuando pienso en la mujer ideal, antes que en un rostro, una forma de ser o un cuerpo, veo unas caderas que se mueven hasta parecer que van a desencajarse bailando una canción de Stray Cats, el vello de un brazo que se eriza al ver una buena película o el pie que calza unas zapatillas de lona y marca involuntariamente el ritmo de una canción de rock´n´roll.
Lo siguiente que se me viene a la cabeza es una larga cabellera rojiza que cae por su espalda en amplios bucles, como si de una cascada de fuego se tratase. El calor del pelo contrasta con el frío de sus ojos verdes, frío que contagia al que le sostenga la mirada. Su piel blanca está adornada por unas cuantas pecas caídas graciosamente en las mejillas, como si alguien las hubiera colocado ahí a propósito. Sus labios rojos, en contraste con su tez blanca, parecen una rosa en medio de un jardín nevado y, aunque sonríe tímidamente, sus labios se curvan endulzando aún más la expresión de su cara.
Es bajita y delgada, grácil. Su cuerpo parece hecho aposta para saltar y bailar.
Habla mucho y deprisa, con una voz más de niña que de mujer que puede hacer que algunos no la tomen en serio. Sus temas favorios de conversación son las pelis de terror, el cine y la música de los ochenta. Alegre y pizpireta, prefiere las tardes en el parque a las noches en el bar, y la compañía de un buen libro a la de un mal chico.
Le gusta bailar sola y saltar en los conciertos, chillar hasta quedarse sin voz y después, completamente afónica, imitar a personajes de dibujos animados con voz tenebrosa. Porque le gustan los dibujos tanto o más que cuando era pequeña, y no le avergüenza reconocerlo. Puede cantar por igual una de los Ramones o una de El Rey León.
Puede que de ese carácter juvenil e inocente venga gran parte de su encanto.
Sin embargo, yo me quedo con esas caderas que bailan, ese vello que se eriza y ese pie que se mueve al compás de un rock´n´roll.
PD. No, no me he vuelto loco (no todavía). Esto fue una práctica realizada en clase de Redacción Periodística que, ya que tenía escrita por ahí, he decidido publicar para variar un poco la temática del blog (si alguien me lee debe estar harto de mis críticas pseudo-culturetas). Está escrita de improviso y en una hora y poco, no la tengáis demasiado en cuenta. Acepto críticas, agasajos, amenazas y proposiciones indecentes, sobretodo de chicas que se sientan identficadas
TR3S – Epilogo. Marina.
5 ago
Por lo que he leído hoy en los periódicos el accidente de ayer en el metro sólo quedó en un susto. Cuánto me alegro.
Son las ocho de la mañana y me dirijo de nuevo a Chamartín, pero esta vez con una intención bien distinta: ayer, tras el accidente de metro, tuve una corazonada y compré un cupón en el quiosco de la estación. Y me ha tocado.
Puede que la suerte esté de nuevo de mi lado…
FIN
TR3S – 3. Andres
4 ago
-Hola Andrés, ¿cómo va la cosa hoy?
-Pues va, que no es poco. ¿Qué te doy, el cupón diario?
-Y un “rasca”, a ver si hay suerte y me paga el café.
-Pues dos euros.
-Gracias Andrés, hasta mañana.
-Hasta mañana hombre, y suerte.
Ése era Rodri, un guardia de seguridad de la estación de Chamartín, en la que trabajo desde hace diez años en un quiosco de la ONCE. Le reconozco por su voz grave y algo desgastada de fumar y chillarle a los viajeros que causan problemas en la estación, supongo.
Deben ser las ocho menos algo de la mañana y el panorama no pinta nada mal: estoy vendiendo bastante para ser temprano y aún me queda toda la mañana por delante.
-Buenos días, ¿me da un Supercupón, por favor?
-Aquí tiene, son dos euros, gracias.
Ése era un chico joven, de unos veinte y pocos, imagino. No suele venir por aquí.
Poco después de la compra de ese muchacho oigo a gente corriendo y chillando. Hay mucho revuelo en la estación, algo pasa.
-Disculpe, ¿qué…?
Parece que nadie tiene tiempo de explicarme qué ocurre, me estoy poniendo nervioso. Pienso en llamar a Rodrigo para que me diga qué está pasando, pero imagino que si hay algún problema en la estación él no debe estar para venir a darme explicaciones.
-Déme un cupón para hoy, por favor.
Es la voz de una chica. No parece alarmada pero sí triste y abatida.
-Disculpe, ¿qué ha pasado?
-Un choque entre dos trenes entre Plaza de Castilla y esta estación, por lo que he oído.
-¡No me diga!, ¿y se sabe si hay heridos?
-Ni idea.
-Vaya por Dios, espero que no haya sido nada. En fin, gracias y aquí tiene, es un euro.
-Gracias.
-A usted señorita, y buena suerte.
Un accidente de tren, qué horrible. Parece que el día no va a acabar tan bien como pensaba…
TR3S – 2. Jorge
3 ago
-Venga Jorge, que ya son las siete, levanta y no me hagas disgustarme de buena mañana.
-Puf, estoy muerto mamá, dame cinco minutos…
-De cinco minutos nada, que luego pierdes otros cinco desayunando, otros cinco aseándote y otros tantos moneando delante del espejo, y ya hemos tenido bastantes partes del instituto por tu impuntualidad, ¿no crees?
Y para terminar su colosal entrada en mi habitación, mi madre va y me abre la ventana. Buenos días mundo.
Aunque intento resistir en la cama un poco más, mi madre me quita la manta y las sábanas y empiezo a tiritar como un pajarillo. Esta vez me ha ganado, no me queda otra que levantarme, con todo mi mal humor de por las mañanas.
-¿Qué asignaturas tienes hoy?
-¿Qué mas te da? De todos modos con el sueño que tengo no voy a enterarme de nada.
-Hay que ver qué borde eres, hijo. Yo tengo el mismo sueño que tú y también tengo que ir a trabajar, ¿sabes? Y aún encima tengo que arreglarte la habitación y hacerte el desayuno que, por cierto, como no salgas ya, se te va a enfriar.
Desayuno dos tostadas de pan de molde con mantequilla y mermelada y un vaso de leche con cacao. Dicen que el cacao hace que te salgan granos, pero total, uno más…
Tengo dieciséis años, y con dieciséis años el acné (y, por qué no decirlo, la masturbación) están a la orden del día. Al menos yo no soy tan iluso para pensar que son cosas de la adolescencia y, conforme termine ésta, se me van a pasar.
Y, hablando de masturbación, ahí están los cinco minutos que dice mi madre que pierdo en el baño, qué le vamos a hacer: es lo único bueno que tienen las mañanas…
Una vez he terminado en el baño (tanto con el aseo como con lo otro) me dispongo a ir al instituto. Para llegar tengo que coger la línea 1 de metro hasta Pinar de Chamartín, y andar un poco después. Podría decir que he hecho tantas veces el camino que puedo hacerlo con los ojos cerrados, pero la experiencia (y algún chichón que otro) me han demostrado que no. Me monto en el metro en la estación de Tetuán y bajo a toda prisa las escaleras. Cinco minutos hasta el próximo tren. Para matar el tiempo suelo llevar el mp3 encima, pero hoy se me ha olvidado. Malditas prisas. Por suerte el tiempo que marcan los paneles del metro es totalmente inexacto y no llevo ni dos minutos sentado cuando aparece el tren. Al menos hoy parece que no llegaré tarde. Me subo en el segundo vagón y me quedo de pie apoyado en la puerta del otro lado. El tren arranca.
-PRÓXMIMA ESTACIÓN: VALDEACEDERAS.
Sé que allí se sube la chica que me trae loco desde hace más de dos años, y sé que soy idiota porque va a mi instituto y nunca he hablado con ella. El tren entra a la estación de Valdeacederas y premio: una chica de pelo azabache y tez morena, alta y de pechos turgentes entra en mi vagón. Es ella: Lucía… o así me han dicho mis compañeras que se llama. Si hay alguna razón para ir al instituto es ésta, sin duda…
Si no es muy tonta (y no lo parece) este año terminará el instituto, por tanto me quedan escasos meses para echarle valor y hablarle. Sin embargo, acaba de entrar en el metro, tan siquiera sé si ella me ha visto y ya tengo las piernas como un flan, o sea que el día que le eche valor no será hoy…
Arranca de nuevo el tren. Ella me pilla mirándola de reojo y noto como me empiezo a poner colorado.
-Perdona, ¿tú vas a mi instituto, no?
Se me ha adelantado, y me ha pillado de susto. Maldita sea, con la de veces que he imaginado esto no puedo quedarme en blanco.
-Emm… ¿yo?
Miro a mí alrededor: sólo hay cinco personas más en el vagón, todas sentadas lejos de mí y todas superan los 40. Luego me pasaré a recoger el premio al tonto del año.
-Claro, tú. Yo me llamo Lucía, ¿Cómo te llamas?
-Emm… Jorge.
-Pues encantada.
Se acerca y me da dos besos. Creo que ya me puedo morir tranquilo.
-PRÓXIMA ESTACIÓN: PLAZA DE CASTILLA.
-Y dime, ¿a qué curso vas?
-A primero de bachiller, ¿y tú?
Pregunto como si no lo supiera.
-A segundo, ya termino este año.
Mientras dice esto el tren se detiene en la estación de Plaza de Castilla y una horda de estudiantes y oficinistas trajeados llenan el vagón. Para dejar pasar ella se acerca y se pone a mi lado. El tren arranca de nuevo.
-Y qué, ¿es muy difícil segundo de bachiller?
-Psá, como primero diría yo.
La conversación es tan vacía que me recuerda a las que tengo con los vecinos en el ascensor, pero por algo hay que empezar.
-PRÓXIMA ESTACIÓN: CHAMARTÍN.
Ya sólo quedan dos paradas para nuestro destino y, una vez he conseguido arrancar a hablar, no puedo desaprovechar la oportunidad.
-Oye Lucía, ¿qué te parece si…?
No puedo terminar la pregunta: las ruedas del tren chirrían y el tren choca contra algo con un golpe seco y metálico. La gente sale despedida hacia delante y me golpeo con una de las agarraderas de los laterales. La vista se me nubla y no oigo nada. Definitivamente me estoy desmayando. Para un día que hablo con ella…







