-Venga Jorge, que ya son las siete, levanta y no me hagas disgustarme de buena mañana.

-Puf, estoy muerto mamá, dame cinco minutos…

-De cinco minutos nada, que luego pierdes otros cinco desayunando, otros cinco aseándote y otros tantos moneando delante del espejo, y ya hemos tenido bastantes partes del instituto por tu impuntualidad, ¿no crees?

Y para terminar su colosal entrada en mi habitación, mi madre va y me abre la ventana. Buenos días mundo.

Aunque intento resistir en la cama un poco más, mi madre me quita la manta y las sábanas y empiezo a tiritar como un pajarillo. Esta vez me ha ganado, no me queda otra que levantarme, con todo mi mal humor de por las mañanas.

-¿Qué asignaturas tienes hoy?

-¿Qué mas te da? De todos modos con el sueño que tengo no voy a enterarme de nada.

-Hay que ver qué borde eres, hijo. Yo tengo el mismo sueño que tú y también tengo que ir a trabajar, ¿sabes? Y aún encima tengo que arreglarte la habitación y hacerte el desayuno que, por cierto, como no salgas ya, se te va a enfriar.

Desayuno dos tostadas de pan de molde con mantequilla y mermelada y un vaso de leche con cacao. Dicen que el cacao hace que te salgan granos, pero total, uno más…

Tengo dieciséis años, y con dieciséis años el acné (y, por qué no decirlo, la masturbación) están a la orden del día. Al menos yo no soy tan iluso para pensar que son cosas de la adolescencia y, conforme termine ésta, se me van a pasar.

Y, hablando de masturbación, ahí están los cinco minutos que dice mi madre que pierdo en el baño, qué le vamos a hacer: es lo único bueno que tienen las mañanas…

Una vez he terminado en el baño (tanto con el aseo como con lo otro) me dispongo a ir al instituto. Para llegar tengo que coger la línea 1 de metro hasta Pinar de Chamartín, y andar un poco después. Podría decir que he hecho tantas veces el camino que puedo hacerlo con los ojos cerrados, pero la experiencia (y algún chichón que otro) me han demostrado que no. Me monto en el metro en la estación de Tetuán y bajo a toda prisa las escaleras. Cinco minutos hasta el próximo tren. Para matar el tiempo suelo llevar el mp3 encima, pero hoy se me ha olvidado. Malditas prisas. Por suerte el tiempo que marcan los paneles del metro es totalmente inexacto y no llevo ni dos minutos sentado cuando aparece el tren. Al menos hoy parece que no llegaré tarde. Me subo en el segundo vagón y me quedo de pie apoyado en la puerta del otro lado. El tren arranca.

-PRÓXMIMA ESTACIÓN: VALDEACEDERAS.

Sé que allí se sube la chica que me trae loco desde hace más de dos años, y sé que soy idiota porque va a mi instituto y nunca he hablado con ella. El tren entra a la estación de Valdeacederas y premio: una chica de pelo azabache y tez morena, alta y de pechos turgentes entra en mi vagón. Es ella: Lucía… o así me han dicho mis compañeras que se llama. Si hay alguna razón para ir al instituto es ésta, sin duda…

Si no es muy tonta (y no lo parece) este año terminará el instituto, por tanto me quedan escasos meses para echarle valor y hablarle. Sin embargo, acaba de entrar en el metro, tan siquiera sé si ella me ha visto y ya tengo las piernas como un flan, o sea que el día que le eche valor no será hoy…

Arranca de nuevo el tren. Ella me pilla mirándola de reojo y noto como me empiezo a poner colorado.

-Perdona, ¿tú vas a mi instituto, no?

Se me ha adelantado, y me ha pillado de susto. Maldita sea, con la de veces que he imaginado esto no puedo quedarme en blanco.

-Emm… ¿yo?

Miro a mí alrededor: sólo hay cinco personas más en el vagón, todas sentadas lejos de mí y todas superan los 40. Luego me pasaré a recoger el premio al tonto del año.

-Claro, tú. Yo me llamo Lucía, ¿Cómo te llamas?

-Emm… Jorge.

-Pues encantada.

Se acerca y me da dos besos. Creo que ya me puedo morir tranquilo.

-PRÓXIMA ESTACIÓN: PLAZA DE CASTILLA.

-Y dime, ¿a qué curso vas?

-A primero de bachiller, ¿y tú?

Pregunto como si no lo supiera.

-A segundo, ya termino este año.

Mientras dice esto el tren se detiene en la estación de Plaza de Castilla y una horda de estudiantes y oficinistas trajeados llenan el vagón. Para dejar pasar ella se acerca y se pone a mi lado. El tren arranca de nuevo.

-Y qué, ¿es muy difícil segundo de bachiller?

-Psá, como primero diría yo.

La conversación es tan vacía que me recuerda a las que tengo con los vecinos en el ascensor, pero por algo hay que empezar.

-PRÓXIMA ESTACIÓN: CHAMARTÍN.

Ya sólo quedan dos paradas para nuestro destino y, una vez he conseguido arrancar a hablar, no puedo desaprovechar la oportunidad.

-Oye Lucía, ¿qué te parece si…?

No puedo terminar la pregunta: las ruedas del tren chirrían y el tren choca contra algo con un golpe seco y metálico. La gente sale despedida hacia delante y me golpeo con una de las agarraderas de los laterales. La vista se me nubla y no oigo nada. Definitivamente me estoy desmayando. Para un día que hablo con ella…